
El resabio de la dictadura militar
Un desaparecido más.
Mi país, señor juez, vivió hace ya 32 años una de las peores etapas de su historia. Una etapa que quedó grabada en la memoria de todos mis compatriotas, en la de aquellos que se quedaron; en la de aquellos que se fueron, pero no en la de los 30 mil que murieron.
Mi intención no es contarle, señor juez, los acontecimientos de aquella nefasta dictadura militar, ni expresarle lo que realmente siento acerca de los hijos de puta que suprimieron una generación completa; sino explicarle el por qué de la insensibilidad política y social de la que hoy se me acusa.
Mis padres, su señoría, intentaron educarme dentro de las normas que mi generación requería, es decir me mantuvieron, limpia, alimentada y consciente de que si algún día se me ocurría salir a pelear por mis ideales, seguramente iba a terminar acostada en una cama con una rata entrándome por la vagina, o bien siendo responsable de la desaparición de aquellos que me rodearan.
Es por eso señor juez, que además de verme impedida psicológicamente para usar una agenda, con miedo de que algún dia la usaran como arma para matar a mis amigos, le temo a las revueltas en las calles, a las manifestaciones y a los manifestantes, que según mis mayores, “algo habrán hecho”.
Esos chicos que usaban el pelo largo y se drogaban formaban la guerrilla subversiva, formaban la voz impetuosa de una generación que estaba intentado no dejarse callar por una manga asesinos que no tenían escrúpulos, ni vergüenza, ni cojones para enfrentar la opinión pública, y por esos hacían desaparecer las evidencias (léase, perejiles, hermanos, novias, hijos y nietos).
Mi defensa está basada en el miedo, su señoría, en el miedo a gritar, en el miedo a decir, en el miedo a morir, en el miedo a desaparecer. El terror que infundió esa patética dictadura militar, comandada por un hombre sin reflejos ni raciocinio, quedó tatuada a fuego en mi piel, en mi mente y en mi país.
Creer que todas las organizaciones sociales terminarían en una revuelta contra el poder, fue lo que me impidió, desde chica comprometerme con cualquier ideal, si hasta me conformé con pagar el boleto común para ir al colegio, porque temía por la vida de mi hermano mayor que insistía en reclamar el boleto estudiantil. La noche de los lápices no dejaba de aparecerse en mis sueños.
Y reflexiono, su señoría, y me pregunto: ¿Qué pasaría si algún día saliera de esta pereza, muy cómoda por cierto, y comenzara a decir lo que pienso, y enfrentara el miedo a la represión haciendo valer mis derechos de “ser humano y democrático”? ¿Qué pasaría si cortara de raíz la cultura del no te metás?
¿Contagiaría a mis contemporáneos y los impulsaría a honrar el esfuerzo y la sangre de aquellos que pelearon por una Argentina más justa? ¿Usted que cree señor juez? Usted que me juzga por apática y por ser una sorda voluntaria. ¿Cree que quizás si enfrentara el miedo que me inculcaron todos estos años algo cambiaría?
Yo por mi parte ya no sé lo que creo, sólo sé que no se puede vivir bajo el manto de la amenaza, del rigor y de la muerte, pienso que por esta vida se pasa sólo una vez y es inútil pasar como si nada hubiera ocurrido. Por algo estamos en este mundo…
Es por eso señor juez, que ahora yo le pregunto a usted que me sienta en el banquillo de los acusados, ¿Dónde estaba la noche que se llevaron a mi verdadera madre? ¿Y dónde estaba cuando mataron a mi padre y a su hermano? ¿Cuántas veces salió a las calles a defender a los casi niños que eran golpeados y maltratados hasta la muerte?
Es que parece muy sencillo estar en su lugar, ocupándose de lo que otros hacen o dejan de hacer, mirando la paja en el ojo ajeno muy lleno de coraje y una conciencia muy limpia, sin dejar de dictar las reglas para lograr un sociedad digna, pero para variar se encarga efectivamente de no cumplir con ninguna de ellas.
Su generación mató mi entusiasmo, liquidó mi rebeldía y anestesió mis impulsos, tendió una trampa de la cual no puedo salir, y de la cual espero, mis hijos y los hijos de mis hijos, tengan el valor suficiente para eludir. Usted convirtió mi sentido de la justicia en un desaparecido más.
Es por eso, Señor Juez que no soy yo la que tendría que ser juzgada hoy, sino usted.
Un desaparecido más.
Mi país, señor juez, vivió hace ya 32 años una de las peores etapas de su historia. Una etapa que quedó grabada en la memoria de todos mis compatriotas, en la de aquellos que se quedaron; en la de aquellos que se fueron, pero no en la de los 30 mil que murieron.
Mi intención no es contarle, señor juez, los acontecimientos de aquella nefasta dictadura militar, ni expresarle lo que realmente siento acerca de los hijos de puta que suprimieron una generación completa; sino explicarle el por qué de la insensibilidad política y social de la que hoy se me acusa.
Mis padres, su señoría, intentaron educarme dentro de las normas que mi generación requería, es decir me mantuvieron, limpia, alimentada y consciente de que si algún día se me ocurría salir a pelear por mis ideales, seguramente iba a terminar acostada en una cama con una rata entrándome por la vagina, o bien siendo responsable de la desaparición de aquellos que me rodearan.
Es por eso señor juez, que además de verme impedida psicológicamente para usar una agenda, con miedo de que algún dia la usaran como arma para matar a mis amigos, le temo a las revueltas en las calles, a las manifestaciones y a los manifestantes, que según mis mayores, “algo habrán hecho”.
Esos chicos que usaban el pelo largo y se drogaban formaban la guerrilla subversiva, formaban la voz impetuosa de una generación que estaba intentado no dejarse callar por una manga asesinos que no tenían escrúpulos, ni vergüenza, ni cojones para enfrentar la opinión pública, y por esos hacían desaparecer las evidencias (léase, perejiles, hermanos, novias, hijos y nietos).
Mi defensa está basada en el miedo, su señoría, en el miedo a gritar, en el miedo a decir, en el miedo a morir, en el miedo a desaparecer. El terror que infundió esa patética dictadura militar, comandada por un hombre sin reflejos ni raciocinio, quedó tatuada a fuego en mi piel, en mi mente y en mi país.
Creer que todas las organizaciones sociales terminarían en una revuelta contra el poder, fue lo que me impidió, desde chica comprometerme con cualquier ideal, si hasta me conformé con pagar el boleto común para ir al colegio, porque temía por la vida de mi hermano mayor que insistía en reclamar el boleto estudiantil. La noche de los lápices no dejaba de aparecerse en mis sueños.
Y reflexiono, su señoría, y me pregunto: ¿Qué pasaría si algún día saliera de esta pereza, muy cómoda por cierto, y comenzara a decir lo que pienso, y enfrentara el miedo a la represión haciendo valer mis derechos de “ser humano y democrático”? ¿Qué pasaría si cortara de raíz la cultura del no te metás?
¿Contagiaría a mis contemporáneos y los impulsaría a honrar el esfuerzo y la sangre de aquellos que pelearon por una Argentina más justa? ¿Usted que cree señor juez? Usted que me juzga por apática y por ser una sorda voluntaria. ¿Cree que quizás si enfrentara el miedo que me inculcaron todos estos años algo cambiaría?
Yo por mi parte ya no sé lo que creo, sólo sé que no se puede vivir bajo el manto de la amenaza, del rigor y de la muerte, pienso que por esta vida se pasa sólo una vez y es inútil pasar como si nada hubiera ocurrido. Por algo estamos en este mundo…
Es por eso señor juez, que ahora yo le pregunto a usted que me sienta en el banquillo de los acusados, ¿Dónde estaba la noche que se llevaron a mi verdadera madre? ¿Y dónde estaba cuando mataron a mi padre y a su hermano? ¿Cuántas veces salió a las calles a defender a los casi niños que eran golpeados y maltratados hasta la muerte?
Es que parece muy sencillo estar en su lugar, ocupándose de lo que otros hacen o dejan de hacer, mirando la paja en el ojo ajeno muy lleno de coraje y una conciencia muy limpia, sin dejar de dictar las reglas para lograr un sociedad digna, pero para variar se encarga efectivamente de no cumplir con ninguna de ellas.
Su generación mató mi entusiasmo, liquidó mi rebeldía y anestesió mis impulsos, tendió una trampa de la cual no puedo salir, y de la cual espero, mis hijos y los hijos de mis hijos, tengan el valor suficiente para eludir. Usted convirtió mi sentido de la justicia en un desaparecido más.
Es por eso, Señor Juez que no soy yo la que tendría que ser juzgada hoy, sino usted.


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